¿En qué situación estamos?

¿En qué situación estamos?

La situación política mundial actual está determinada en gran medida por la situación económica pero también por la propia dinámica de la lucha de clases.

Así, después de la gran recesión del 2008-2009, la economía mundial volvió a hundirse con la pandemia del 2020-2021, para luego mantener un crecimiento rastrero inferior al mostrado a principios de siglo. Un reflejo claro de esto es la desaceleración de China y los países con los que más comercia.

Ahora bien, en todos estos años, la lucha de clases mundial se ha agudizado, desarrollándose nuevos procesos revolucionarios como la revolución árabe que estremeció Medio Oriente y el Norte de África desde fines del 2010 y que de cierta forma fue un punto de apoyo para que la revolución latinoamericana de inicios de siglo se sostuviera unos años más. La gloriosa revolución árabe que tumbó viejas dictaduras y partió ejércitos, incentivó también la revolución en Europa del Este con Grecia y las milicias del Dombás a la cabeza, movimiento proletario que amenazó con extenderse a las potencias imperialistas de Occidente, lo que hubiera implicado un salto a una situación revolucionaria mundial.

Pero este salto no se dio a pesar de las combativas movilizaciones proletarias en Francia, España, Italia, en incluso los EE. UU. La responsabilidad de esta contención corresponde, por supuesto, a las direcciones reformistas, desde las que cínicamente ordenaron a los obreros colaborar con el ajuste económico, hasta las que llamaron a votar o a movilizarse de forma pacífica. Lo cierto es que, durante todo este tiempo de revoluciones y contrarrevoluciones, la situación mundial aparecía incierta, indefinida, con una fuerte tendencia hacia la izquierda, pero también con claras oscilaciones hacia la derecha.

Sin embargo, hoy es evidente que el giro hacia la derecha ha sido impuesto a nivel global, y que estamos bajo una situación mundial contrarrevolucionaria. El punto de inflexión lo dio definitivamente la cuarentena militar del hambre, que logró imponerse en gran parte del planeta sin una resistencia general inmediata. Las luchas proletarias que vinieron después (Líbano, Myanmar, Colombia, Cuba, etc.) pudieron haberla traído abajo por completo, abriendo nuevos procesos revolucionarios, sin embargo, otra vez por culpa de las direcciones reformistas, este salto hacia adelante no se consumó y lo que finalmente triunfó fue la reacción.

De hecho, en nuestro programa del 2021 contra la cuarentena ya habíamos advertido que: “Estamos, entonces, en el tránsito de la cuarentena militar del hambre a la dictadura militar del hambre, es decir, a un régimen bonapartista global que ya no tendrá a la pandemia como excusa para la militarización, sino a los pretextos de siempre: ‘terrorismo’, delincuencia, terremotos, etc.”

Esto es lo que vemos justamente hoy, donde caudillos y partidos abiertamente proimperialistas y conservadores son votados por todas las capas de la pequeña burguesía, que con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico, la delincuencia o el “terrorismo”, están dispuestas a tolerar la militarización antiobrera de la sociedad. Lo de Bukele en El Salvador es solo la muestra más grotesca de una tendencia general liderada por los EE. UU., responsable también del genocidio sionista en Palestina y de nuevas guerras de agresión como la lanzada contra Irán.

Así, la reciente movilización revolucionaria en Bolivia, debe verse como una excepción a la regla, considerando que ya pasaron 25 años de la revolución argentina del 2001 y hoy la gobierna un anarcocapitalista. Han pasado 24 años del levantamiento en Venezuela contra una intentona golpista y hoy es una colonia yanqui. En el caso de Ecuador, la movilización obrera y campesina del 2019 fue levantada por los reformistas antes de madurar y la cuarentena terminó por disipar sus fuerzas. Lo mismo pasó en Chile.

Igualmente, debemos considerar la caída de Al-Asad en Siria, como una clara excepción en una región donde dictaduras contrarrevolucionarias se han consolidado en Túnez, Libia, Egipto, etc., mientras el pueblo palestino es exterminado con la complicidad de Hamás y la socialdemocracia europea. En el caso de la revolución griega, los sindicalistas y demás reformistas se encargaron de destruirla por dentro, mientras Ucrania sigue empantanada en una guerra reaccionaria sostenida por la OTAN contra la Rusia capitalista y atrasada de Putin. De la misma forma, las revoluciones de la última década en algunos países de África y de Asia fueron contenidas, abortadas o aplastadas.

Estamos, entonces, bajo una situación contrarrevolucionaria global cuya duración no podemos precisar de antemano, pero cuyo desarrollo no se ha detenido aquí. Nos esperan todavía nuevas guerras, hambrunas y liquidación de conquistas obreras. Avances tecnológicos como la IA solo aumentarán el desempleo y polarizarán aún más la sociedad. La guerra comercial de Trump contra China y otros países pobres, solo es el preludio de nuevas guerras de agresión. El triunfo de las nuevas derechas belicistas en Europa occidental y Japón, preanuncia una nueva guerra mundial.

Evidentemente, como ya se ha visto en el siglo pasado, de todo este desmadre burgués solo puede resultar una nueva ola de revoluciones proletarias salvajes. Lo que la burguesía está cocinando con esta ofensiva es una respuesta a la altura de sus ambiciones. Los reformistas ya lo presienten y están desesperados por hacer triunfar en las urnas a sus nuevos caudillos burgueses “democráticos”.

Pero, en tiempos de crisis, guerras y revoluciones, el hechizo reformista pierde su efecto, y las masas buscarán desesperadas una nueva dirección. Es allí donde los verdaderos socialistas e internacionalistas tendremos una nueva oportunidad para llevar sus luchas a la victoria definitiva contra el capital. 

 

NRCI