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MÉXICO: EL COLAPSO DE LOS HOSPITALES Y LAS MENTIRAS DEL REFORMISMO

El colapso histórico de la salud

El sistema de salud en el mundo ha colapsado, esto es indiscutible. Pero ¿cuándo colapsó? Aunque muchos quieran ocultar los hechos y moverlos al 2020 por causa de la pandemia actual, los datos rompen sus ilusiones y recuerdos pequeñoburgueses. La privatización de la salud, los recortes presupuestales y la quiebra de las instituciones públicas son solo un aspecto que ha desenmascarado la actual crisis, sin embargo, la enfermedad mortal para la sociedad se encuentra en los fundamentos mismos del sistema social. El proletariado ha pasado calamidad tras calamidad, incluso muchas de ellas superan en varios aspectos al COVID-19. Ha habido pandemias con mayor factor de contagio, más letales, y en sectores vulnerables más amplios de la población.

Sin embargo, lo que tienen en común todas estas calamidades es que, bajo un sistema de explotación, la salud de los pobres seguirá atada a los intereses de las capas privilegiadas de la sociedad que son las que la dirigen. En México el derecho a la salud sigue siendo un privilegio, en 2010 más de 42 millones de personas no tenían el acceso a los servicios de salud, ya en 2018 la cifra era de 20 millones que representaban el 15,5% de la población. Esta cifra se debió principalmente a la creación del Seguro Popular que implicaba una cobertura muy limitada. Sin embargo, como el acceso a este servicio se mide únicamente de acuerdo con los afiliados que tienen cada subsistema (IMSS, ISSSTE, etc.), no todos los que están formalmente inscritos  tienen la posibilidad de ser realmente atendidos.

El 88.6% de las muertes registradas en México en el 2017[1] fueron debido a factores relacionados con problemas de salud, es decir 622 mil 647 decesos fueron producto de un sistema de salud insuficiente e ineficaz. El COVID-19 ya viene dejando más de 30 mil muertos, pero el 71% de estos tenía una enfermedad preexistente como la hipertensión, diabetes, obesidad, etc.[2], y estas se ubican como las principales causas de muerte antes de la pandemia actual. Esto significa que más del 70% de las muertes por la pandemia se deben a un sistema de salud público ya colapsado. En algunos estudios sobre las enfermedades preexistentes de los muertos por la pandemia en Reino Unido muestran que 9 de cada 10 decesos tenían enfermedades previas, otro estudio en Italia mostró que más del 90% de muertos padecía por lo menos una condición de morbilidad anterior al contagio[3].

Tomando en cuenta que las principales causas de muerte y las enfermedades que son agudizadas por la pandemia son tratables o prevenibles, podemos notar la ineficiencia del capitalismo para resolver un problema cuya solución está al alcance de la ciencia médica. Los problemas de malnutrición son un factor indiscutible de la agudización de los efectos que provoca el virus. La desnutrición y la obesidad representan indiscutibles factores de riesgo. En México, el 55.5% de la población presenta inseguridad alimentaria y el 75.2% de los mayores de 20 años tiene sobrepeso y obesidad, de esta población adulta, 8.6 millones poseen diabetes y 15.2 millones padece de hipertensión[4].

Luego de las enfermedades cardiovasculares, la diabetes es la segunda causa de muerte en el país, sin embargo, la insulina, indispensable para su tratamiento y necesaria en muchos para mantenerse con vida, no es accesible a todos, no solo por el aumento progresivo de la enfermedad en todo el mundo sino también por el incremento de su costo el cual se ha triplicado en la última década.  Según la propia OMS, la mitad de los enfermos que necesitan insulina no tienen acceso a ella, sin embargo, esta cifra se modifica de acuerdo con el nivel de ingresos que se perciben en cada país. La situación se agrava cuando el 99% del mercado mundial de la insulina es controlado por tres transnacionales de Dinamarca, Francia y Alemania, según la misma organización[5].

Existen otras pandemias que no despertaron la alarma en los gobiernos mundiales ni la atención de los intelectuales preocupadísimos ahora por evitar el contagio del coronavirus y la crisis del sistema sanitario. Antes de las urgentísimas medidas que se tomaron y de detectar el primer caso de COVID-19 en el país (18 de marzo), ya se habían reportado más de 180 casos de sarampión en México. Esta epidemia es muchísima más contagiosa (R0 = 18)[6] que la ocasionada por el SARS-CoV-2. De enero de 2019 a enero de 2020 se reportaron 20 430 casos confirmados en 14 países del continente americano. 

Respecto al dengue, los casos de esta infección viral han aumentado progresivamente en el mundo, algunas estimaciones indican que se producen 390 millones de infecciones al año[7]. Otros estudios señalan que más de 3 900 millones de personas están en riesgo de contagio de este virus. En 2019 se reportaron 268 458 casos de dengue en México y la cifra de casos confirmados se han triplicado en lo que va del 2020 respecto al año anterior en el mismo intervalo de tiempo.

Pero ¿por qué estas epidemias no han despertado la alarma de los gobiernos? Simplemente porque estas poseen vacunas y tratamientos al alcance de los millonarios o son padecimientos ligados a las insalubres condiciones de vida de las cuales la burguesía se encuentra exenta, a diferencia del COVID-19. Esta es la única razón por la cual esta pandemia se toma con bastante seriedad y ha ameritado las políticas más duras de los distintos gobiernos, incluido el de López Obrador.

El colapso de la salud o la crisis sanitaria no se reduce al desborde de los hospitales, la muerte por hambre (8 500 niños al día en el mundo) es la peor tragedia de un sistema social que se jacta de haber producido riqueza como nunca en la historia. Al hablar de La situación de la clase obrera en Inglaterra, Engels explicaba que “Muchos mueren de hambre indirectamente -muchos más directamente- porque la falta de medios suficientes de subsistencia produce enfermedades mortales, porque dicha privación produce en aquellos que son víctimas de ella un debilitamiento tal del cuerpo, que enfermedades que para otros serían ligeras, se hacen para ellos gravísimas y mortales.”

Si el capitalismo ni siquiera es capaz de mantener a sus esclavos asalariados vivos para explotarlos en las fábricas entonces merece perecer. Quienes intentan “aplanar la curva” de contagios por COVID-19 para evitar la crisis sanitaria actual y las muertes dentro de los marcos del capitalismo desconocen por completo las condiciones de vida del proletariado. Justamente por culpa del capitalismo es que a millones de obreros se les arrebata la vida en accidentes laborales o enfermedades ligadas al trabajo extenuante y por otras pandemias que no se detendrán mientras nos encerremos en nuestras pocilgas.

La sola condición de proletario constituye un estado de enfermedad: “el trabajo mecánico afecta enormemente al sistema nervioso, ahoga el juego variado de los músculos y confisca toda la libre actividad física y espiritual del obrero” decía Marx en El Capital, y además del empobrecimiento inevitable de los trabajadores, la producción capitalista produce “la extenuación y la muerte prematura de la misma fuerza de trabajo”.

Mientras una capa de la pequeña burguesía siente que se colapsan los hospitales donde antes tenía atención y ahora no encuentra camas disponibles, niños mueren en el campo simplemente porque no existen hospitales ni tratamiento disponible para las enfermedades crónicas propias de la vida rural. Solo quien no ha sentido la muerte de cerca, como el proletariado que vive en medio de ella a diario entre la fábrica y los barrios más marginales, puede hablar de la “crisis sanitaria” provocada solo por el coronavirus. Justamente en esos barrios pobres es donde se constituyen los principales focos de constantes epidemias, de esas condiciones a las que la burguesía arroja a vivir a las masas empobrecidas que intentan sobrevivir en las peores condiciones de salubridad. Esta penuria es completada con el hacinamiento de los trabajadores en las ciudades donde una infección se propaga con mayor rapidez. En esencia: “el régimen social capitalista sigue reproduciendo las plagas que se trata de curar” (Engels). No nos engañemos, para el proletariado y el campesino pobre, no hay salud digna ni final de la crisis sanitaria dentro de la maquinaria depredadora del capitalismo y, solo luchando contra esta enfermedad social podemos obtener el derecho de vivir mejor; y el proletariado explotado es la única clase social que puede liderar esta lucha y llevarla hasta el final porque no tiene ya nada que perder.

¿La muerte inminente?

Desde la infección por coronavirus hasta la muerte hay un largo terreno lleno de una serie de especulaciones. Es cierto que no existe aún la cura ni vacuna, pero lo que no es verdad es que la muerte sea inevitable.

En primer lugar, podemos encontrarnos con los casos asintomáticos; de estos no se tienen cifras exactas y ni siquiera cercanas a las reales, pero serían de proporciones bastante importantes. Todos los estudios hasta el momento sugieren porcentajes mayores a los previamente apuntados. Estaríamos hablando de que alrededor del 80% de los casos que se conocen no presentan síntomas. Estos varían de acuerdo con la cantidad de pruebas diagnósticas que se hacen. Aquí cabe mencionar también a las personas presintomáticas, es decir que desarrollaron síntomas luego de que fueran confirmados como infectados y a los contagiados que presentaron síntomas leves.

De los contagiados que terminan desarrollando síntomas solo un porcentaje es el que requiere de hospitalización. En este punto es donde se empezó a desenmascarar el sistema de salud como totalmente ineficiente y desmantelado. El número de camas hospitalarias de la gran mayoría de países está por debajo de lo que incluso recomienda la OMS. En México se ha calculado que 35% de infectados requerirán hospitalización mientras que en otros países sería el 20%. Estas cifras pueden deberse a los mayores índices de comorbilidad que existe en el país, según señalan especialistas de la UNAM[8]. Al 26 de julio el número total de hospitalizados eran del 28% de los casos confirmados[9], este porcentaje no representa a los casos que requerían atención y no fueron internados, estos son considerados como pacientes ambulatorios. En el siguiente recuadro apreciaremos la situación de camas hospitalarias y personal médico disponible en el país comparado con el promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)[10].

 

Camas de hospital por 1 000 habitantes

Médicos por 1 000 habitantes

México

1,5

2,4

Promedio de la OCDE

4,7

3,4

 

De 1990 al 2017 murieron 2,2 millones de personas solo por falta de atención médica haciendo un promedio de más de 81 mil muertes por año. La pandemia solo llega a agravar el ya limitado acceso a la salud de los mexicanos. Con diferentes instituciones entre públicas y privadas, los niveles de atención o el número de camas son restringidos dependiendo de la institución. Por ejemplo, los hospitales Pemex disponen de 4,2 camas por mil beneficiarios y los del IMSS Bienestar solo de 0,2. También la diferencia se nota en los Estados del país ya que para la Ciudad de México existen 2,01 camas por 1 000 habitantes y en más de 22 entidades se cuenta con menos de una cama, siendo Chiapas el menor con 0,55 camas por mil habitantes[11]. En las zonas rurales la gente muere por falta de hospitales y personal médico, en las ciudades la sobrepoblación termina saturando los hospitales que resultan insuficientes al igual que el personal de salud.

En el campo es donde más se recrudecen estas cifras sobre todo en la población indígena. Más de 8 millones de personas que hablan una lengua indígena en el país se encuentran en la total pobreza, aquí la desnutrición crónica de los niños es tres veces mayor a la de los no indígenas. En tres Estados esta población tiene la mitad de los centros de salud que el promedio del país. En estas zonas es algo muy común que los niños mueran de neumonía sin por lo menos llegar a un centro de salud o porque simplemente no hay ningún médico para no decir que ni siquiera tienen acceso a un solo ventilador mecánico para respirar. Simplemente para ellos esta nueva pandemia no representa ningún cambio cualitativo frente a las afecciones que ya padecen y las carencias que durante décadas los han matado. Las mismas instituciones mexicanas reconocen que en estas zonas rurales son más frecuentes las enfermedades transmisibles que incluso ya no predominan en el país.

Para el reformismo mundial estas muertes no importan ya que están preocupadísimos en que no aumente la cifra de infectados de coronavirus y por eso siguen llamando a una cuarentena infructuosa que no tiene ningún sentido para las afecciones actuales que le arrebata la vida a cientos de miles en el país cada año por falta de atención o por una atención deficiente.

Bajo las circunstancias descriptas, López Obrador acordó con los hospitales privados una cobertura de atención a pacientes por enfermedades distintas del COVID-19 para que la atención a la pandemia sea destinada a las instituciones públicas, liberando una cantidad de camas que de por sí eran insuficientes para las demás enfermedades antes de esta nueva infección. Esta cobertura la pagará el Estado mexicano con los recursos públicos. Así también se ampliaron las camas de hospitales recurriendo a los cuarteles mexicanos y adaptando sus instalaciones. Aunque López Gatell diga que los hospitales no se han saturado simplemente porque aún hay “camas disponibles” y al igual que los reformistas que tratan de “evitar un colapso” de los hospitales, lo cierto es que no hay personal médico suficiente ni tratamientos especializados en estas salas improvisadas mientras que más del 10% de los decesos se producen en los hogares. Además, esta es una burla para las poblaciones que se han venido muriendo a causa de otras enfermedades distintas del COVID-19 en los hospitales públicos o por no llegar a ellos como sucede recurrentemente en Chiapas.

Ahora bien, dentro de los infectados que necesitarían hospitalización se encuentran aquellos que requieren cuidados especializados, los pacientes en estado crítico que utilizarían las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI). En México estos pacientes han representado el 1% del total de infectados a la fecha. Al 18 de marzo, fecha del primer caso confirmado, el país no contaba ni con 3 mil camas UCI que significaban 2 por 100 000 habitantes y a la fecha cuenta con 10 211 camas con respiradores artificiales distribuidas en todo el territorio y a las cuales no todos tienen acceso. Esta precariedad y limitación explican por qué de los más de 40 mil muertos el 83% no fueron intubados a un respirador.

El porcentaje de muertes varía en cada país dependiendo de su población. A continuación, veremos un cuadro de los países que tienen mayor cantidad de casos confirmados y mayor población (exceptuando a China).

Países

Población

Casos confirmados

Porcentaje de casos

Muertes

Porcentaje de muertes

EEUU

328 239 523

4 234 140

1,3%

146 935

0.045%

Brasil

211 049 527

2 419 091

1,1%

87 004

0.041%

India

1 353 000 000

1 435 616

0.1%

32 771

0.002%

Rusia

144 373 535

811 073

0.6%

13 249

0.009%

Sudáfrica

55 558 270

445 433

0,8%

6 769

0,012%

México

127 575 529

390 516

0.3%

43 680

0.034%

Perú

32 510 453

375 961

1.2%

17 843

0.055%

 Elaboración propia basada en los datos de los sitios web de la Universidad Johns Hopkins y del Banco Mundial al 26 de julio de 2020.

La letalidad, es decir la relación entre los infectados y los muertos, es ahora un dato que podría presentar mucha variabilidad en el futuro por el desconocimiento de las cifras reales de los factores que la determinan y la misma duración de la pandemia. Lo más certero hasta ahora es el porcentaje de infección y la mortalidad que evidentemente se encuentran en ascenso.

Lo que apreciamos en el cuadro es el porcentaje de propagación que está teniendo el virus con relación a la población de cada país. El llamado a la cuarentena se ha sostenido para evitar esta propagación y no saturar los hospitales, así como, bajo el discurso del reformismo, parar las muertes en las fábricas.

Si en México comparásemos los contagios de esta pandemia, por ejemplo, con la cifra de accidentes laborales veríamos que el porcentaje que se está contagiando del virus respecto a la población que es susceptible a ello (es decir la total) es del 0.3% y en el 2018 los accidentes laborales llegaron a ser 393 610, cifra que tendríamos que relacionar con la población susceptible, es decir, con la PEA de 56 023 200, dándonos un 0.7%. En 2016 los accidentes llegaron a 418 611 casos de la PEA de 54 034 800 que equivaldrían al 0,8% de afectados[12], mientras que el COVID19 a la fecha llega al 0,3% de infectados en el país. Por tanto, si el reformismo quiere la cuarentena para evitar el alto nivel de contagios (que es lo único que podría hacer una cuarentena efectiva) que le resulta alarmante en comparación con otras enfermedades, deberá llamar a dejar de ir a trabajar para evitar el alto porcentaje de accidentes laborales. Que los curanderos del sistema se ocupen de salvar los hospitales bajo capitalismo. Y si ahora los reformistas están muy interesados por las muertes en las fábricas, es sin duda porque desconocen las cien causas de muerte más que ya les arrebatan la vida a los trabajadores; desconocen que, según la OIT, mueren ya 2,78 millones de trabajadores al año solo por accidentes o enfermedades relacionadas al trabajo y 374 millones sufren accidentes laborales no mortales.

Una de las cifras que pocos observan es el porcentaje de recuperados. Veamos a continuación[13]:

Países

Casos confirmados

Muertes

Letalidad

Recuperados

EEUU

4 234 140

146 935

3,5%

1 150 928

27,2%

Brasil

2 419 091

87 004

3,6%

1 725 909

71,3%

India

1 435 616

32 771

2,3%

884 797

61,6%

Rusia

811 073

13 249

1,6%

585 923

72,2%

Sudáfrica

445 433

6 769

1,5%

258 308

57,9%

México

390 516

43 680

11,1%

251 542

64,4%

Perú

375 961

17 843

4,7%

250 007

66,5%

Elaboración propia basada en los datos de los sitios web de la Universidad Johns Hopkins al 26 de julio de 2020.

En esta gráfica se puede observar que gran parte de la población infectada por el virus se ha podido recuperar y que un porcentaje menor ha perdido la vida que en promedio representa menos del 5% de estos. Eso significa que para más del 90% de contagiados confirmados existiría un tratamiento que ha permitido recuperaciones, que está dando resultados o que simplemente no lo han necesitado. El porcentaje promedio actual de recuperados en el mundo es más del 50%. Esta cifra tendería a ser mayor ya que solo considera los casos confirmados, en algunos países este porcentaje es más cercano a la cifra real por la aplicación de más pruebas diagnósticas que resulta en un mayor número de casos confirmados ya que incluiría a los asintomáticos.

Sin embargo, una mayor cantidad de casos asintomáticos puede cuestionar el porcentaje de recuperados, es decir, de personas que realmente necesitaron de algún tratamiento para los síntomas que desarrollaron. De esta manera sin duda los recuperados serían menos en relación con el universo de infectados. Pero, si esta cifra de asintomático es mucho mayor de la que se cree, esto supondría que la enfermedad no posee un alto grado de letalidad.

Observar cuidadosamente una enfermedad que permitiría sobrevivir a más del 90% de los infectados y que del total de muertos un gran porcentaje tenían enfermedades previas nos permite valorar la letalidad real de este coronavirus por sí mismo. De los infectados sintomáticos que llegan a los hospitales, muchos pueden recuperarse con el tratamiento adecuado, sin embargo, muchos más no tienen acceso al mismo. Tal cual como sucede con los demás tratamientos y curas de enfermedades, que existan no significa que su distribución sea garantizada y menos en iguales condiciones bajo el capitalismo, indudablemente lo mismo sucedería si se logra hallar una vacuna contra el virus, pasarían décadas para que esta sea proporcionada a un porcentaje representativo de la población mundial.

En todo caso lo que no se quiere reconocer es que hay posibilidades de tratamientos efectivos que no se están aplicando por todas las limitaciones que implica el derecho a la salud bajo el capitalismo, desde garantizar una calidad de vida favorable hasta el servicio óptimo en el sistema de salud. La posibilidad de salvar a ese 5% que muere por el COVID19 está en expropiar a ese 1% del planeta que vive a costas de la salud y la vida del resto de la humanidad. Solo así podrán dirigirse todos los medios necesarios para la investigación y el descubrimiento de una vacuna para detener efectivamente la propagación; así como para proveer de tratamientos adecuados en los sistemas de salud. No necesitamos inventarnos panaceas los recursos están allí, la industria se ha desarrollado lo suficiente para cubrir todas estas necesidades de forma inmediata.

Si bien las estadísticas son aproximadas y en muchos casos limitadas, son los datos más cercanos que se poseen y con los que trabajan la mayoría de los expertos. También sabemos que las enfermedades no pueden valorarse por sí solas y que su vinculación con otras describe un cuadro más real de la mortalidad, pero es precisamente este análisis de conjunto lo que permite entender con justeza las condiciones en la que nos encontramos y el peso que le damos a esta pandemia dentro de todo el sistema de salud mundial que ya ha estado colapsado por afecciones que tienen solución como el hambre y que lejos de someter a la población a una cuarentena mundial, la solución ha seguido siendo la revolución socialista conducida por el proletariado.

 

Un régimen sanitario a la medida de la burguesía.

Cuando la OMS recomendó una serie de restricciones y la cuarentena debido a la pandemia del COVID19, la burguesía la impuso en mayor o menor medida y la mayoría de las organizaciones del proletariado levantó la exigencia de su cumplimiento frente al aumento de contagios.

Las tendencias del reformismo están de acuerdo que en México no se ha aplicado la cuarentena y la suman a la llamada “reacción internacional” anti-cuarentenas. Lo cierto es que en la mayoría de los países incluyendo EE. UU. y Brasil se han aplicado cuarentenas en mayor o menor grado, generalizadas o focalizadas, algunos han ido hasta el final declarando Estados de emergencia y toques de queda y otros por criterios políticos no se han decidido a aplicar mayores restricciones de las que necesitaban.

Cada gobierno evalúa si es políticamente factible las medidas restrictivas previniendo ocasionar respuestas revolucionarias del pueblo hambriento y enfermo, maniobra entre la correlación de fuerzas de la burguesía y el proletariado. Pero, las clases sociales frente a las crisis reaccionan de acuerdo con sus criterios de clase. A pesar de algunos conflictos, en general la población ha aceptado las medidas restrictivas “por el bien del país”.

En México, el grueso de la clase obrera que tiene a la cabeza a la burocracia charra y “democrática” aceptó la cuarentena voluntaria, la clase media en voz de la más acomodada exige la cuarentena, la burguesía protege sus negocios asegurando el funcionamiento de sus grandes fábricas, cadenas farmacéuticas y sus centros comerciales. Pero cada clase tenderá a entrar en conflicto entre sus diferentes fracciones y capas. El proletariado más explotado y todavía ocupado siente que se está arriesgando y tendrá que exigir mejores condiciones mientras los desempleados y despedidos exigirán trabajo. Los sectores más bajos de la clase media entre ellos los ambulantes, profesionales quebrados, estudiantes sin futuro sentirán la impaciencia de la escasez de sus recursos y el fin de sus pequeños ahorros. La misma burguesía se encuentra afectada por la crisis que se generó, el sector financiero no se detiene y las demás ramas de la producción luchan para mantenerse en funcionamiento. Esta es la expresión de las clases sociales que se retumban ante una crisis como la que vivimos.

Sin embargo, a pesar de todo lo que gritaron los reformistas, México aplicó una cuarentena a su medida. Se paralizaron las actividades decretadas como “no esenciales” dejando a 12.5 millones de trabajadores en el desempleo. Solo para comparar con un país donde nadie discute que se aplicó la cuarentena, veremos que por ejemplo en Perú el desempleo llegó al 20% (3.5 millones de trabajadores) de la Población Económicamente Activa, y en México esos más de 12 millones representan el 21% de reducción del empleo en la población disponible para trabajar (más de 57 millones de personas).

En México, como en todos los países, los empresarios también se han resistido a cerrar. Las maquilas del norte fabril estrechamente vinculadas a la producción norteamericana han querido seguir garantizando sus ganancias. La manufactura en Chihuahua genera la mayor exportación en el país con más de 56 mil millones de dólares al año. En esta entidad es precisamente donde más se ha resistido la burguesía a ceder provocando en los obreros de esta zona demandar la legítima defensa de su salud frente a las ganancias del capital. Y es que es inevitable que la burguesía tenga estas actitudes diferenciadas ya que también es una clase viva, con avances y retrocesos, con temores y arrebatos y en pugna entre sus fracciones por la disputa de los negocios.

Mientras que en varias naciones la cuarentena se hizo efectiva mediante las fuerzas militares, en el país de la “Cuarta Transformación” de Obrador se decretó otorgar funciones “extraordinarias” a las Fuerzas Armadas para, entre otras cosas, resguardar el orden interno durante los próximos cuatro años. Sin embargo, en algunos Estados y varios municipios sí se llegaron a implementar medidas más estrictas como estados de emergencia, toques de queda, cierre de fronteras y uso obligatorio de cubrebocas en la vía pública, así mismo, aumentaron las sanciones con multas y hasta con pena de cárcel para quien incumpla las normas sanitarias que establecían. ¿Acaso esto no es producto de la misma política de confinamiento como en los demás países? La burguesía sabe que no puede presionar demasiado a los trabajadores de un país con más de la mitad de estos en la informalidad y echarlos a la completa miseria apuntándoles con un fusil. A México le faltó un estado de emergencia nacional para aplicar la cuarentena, pero le sobraron charlatanes y fanáticos del confinamiento obligatorio y voluntario.

La cuarentena ha servido para separar físicamente a las personas y así es cómo podría disminuir la transmisión del virus; mientras el asilamiento sea absoluto las posibilidades de contraer la infección serían casi nulas. Sin embargo, sabemos que en ninguna parte del mundo esto podría funcionar de forma absoluta, es decir, en ningún lugar se iban a detener completamente los contagios por esa vía y menos en ciudades totalmente abarrotadas, ni que hablar de países con bajo nivel de desarrollo productivo como en las semi colonias que necesitan tener a miles de proletarios bajo un techo por largas jornadas de trabajo.  

La única clase social que por sus condiciones de vida puede someterse a esta medida siendo totalmente estricta es una docena de parásitos de la burguesía. Al vivir del trabajo ajeno puede fácilmente aislarse y seguir teniendo el mismo rol en la sociedad. Para las demás clases, en la medida que sus interrelaciones son más necesarias para el aparato productivo y distributivo social, están más predispuestas al rompimiento de algún tipo de aislamiento. Así el cumplimento real de una cuarentena se opone a las exigencias de la función social que cumplimos: Un obrero en la fábrica, un campesino en el campo, un funcionario en las oficinas, un comerciante ambulante en las calles, un intelectual en su despacho, etc.

Después de la burguesía, el siguiente sector que puede estar tranquilo en su casa es la clase media en sus sectores más acomodados. A ellos le sigue la aristocracia obrera que por su situación se haya más cerca de la clase media que del proletariado más explotado. Esta capa es privilegiada con trabajos más estables y una serie de beneficios sindicales de los que gozan y de los que por supuesto está exento todos los trabajadores informales y subempleados (que en México son la mayoría). Por ese motivo todos los partidos de izquierda apoyados en estas burocracias llaman a la cuarentena de alguna u otra manera, con distintos matices, pero al fin y al cabo a detener la lucha “por un tiempo”.

Paralelamente a esta división entre clases sociales está la división social del trabajo que es producto del desarrollo del capitalismo. Este modo de producir tiene reservado a cada persona un lugar arbitrario en alguna rama de su división además que excluye a millones de proletarios de este sistema asalariado dejándolos buscar el sustento mediante cualquier forma ambulatoria o temporal. Esta ubicación en las ramas de la producción del trabajo bajo el capitalismo no se da por libre elección sino por las condiciones de vida. Por otro lado, para la burguesía está reservado el ocio y el disfrute de todo lo producido por el resto de la humanidad.

Ante esta disposición discriminada del capitalismo el reformismo se ha arrodillado con la defensa de las actividades “esenciales y no esenciales”. Aquí cabe preguntarnos ¿Qué significa una actividad “no esencial” para cualquier trabajador? ¿Para qué proletario no es esencial ocuparse en alguna rama de la producción? Cuando el gobierno burgués de AMLO dividió las actividades como “esenciales” y “no esenciales”, los reformistas de todas las tendencias le exigían que cumpla con su decreto y que obligue a las patronales a respetar dicha división, otros solo criticaban que algunas ramas debieran ser catalogadas como “no esenciales”, pero ninguno de ellos cuestionó que se clasificara la supervivencia del proletariado bajo esa división de la producción unilateral al servicio de la burguesía. Porque claro, los trabajadores (¡sin intervención patronal!) deberíamos dividirnos en “esenciales” y “no esenciales” para seguir manteniendo a la burguesía, pero en ningún momento se le ocurrió al reformismo que los parásitos capitalistas también deberían ser incorporados al trabajo. Sus alaridos por la independencia política tenían la penosa limitación de respetar a la sociedad capitalista divida en clases sociales. ¡Al burgués lo que es del burgués, al obrero lo que es del obrero!

Los jornaleros del campo también han sufrido la paralización de la producción, como los 50 mil recolectores en Michoacán que vendían insumos a las industrias. Ahora estos se han tenido que integrar a la agroindustria ofreciendo una gran cantidad de oferta de mano de obra a la ya existente que como consecuencia terminará en el abaratamiento de los salarios. El sector agrícola es el que sigue en actividad, es la fuerza de trabajo que más se está explotando y la que menos seguridad social posee. Estos jornaleros han tenido la desgracia de ser “esenciales” ya que ahora se les pide sostener la producción y la plusvalía para las demás clases ociosas. El campesino también tiene que soportar estas condiciones, muchos han tenido que recurrir solamente a una agricultura de supervivencia luego de las reducciones constantes de apoyo económico al campo. Además, producto del desempleo en la ciudad muchos jóvenes han tenido que regresar a la vida rural de la que habían escapado por la falta de empleo en esas zonas. Ahora habrá más bocas que alimentar en el campo mientras su producción tiende a la baja. Los zapatistas no han optado más que por encerrarse en sus comunidades negando nuevamente la lucha que dicen defender cuando más necesario de hace ahora luchar por la vida de los campesinos que ya morían por gripes comunes y por la miseria del campo.

Todos estos reformistas prefieren el sacrificio del proletariado y del campesino pobre, el sacrificio de los “esenciales” porque dentro del capitalismo no hay otra forma de producir y debemos conformarnos con esta situación. Estas son sus demandas que nos conducirán al socialismo: “¡Que las fábricas que producen automóviles cierren! ¡Que la industria de la construcción se detenga!” Si de ellos dependiera los proletarios deberíamos hacinarnos en el transporte público e ir a pie a los hospitales para atendernos en carpas de plástico o morir en el campo porque ya no se pueden construir más hospitales. En lugar de poner la producción al servicio de la clase trabajadora, pusieron a la clase trabajadora a la disposición de la maquinaria capitalista y su división “incuestionable” de las actividades productivas. Al fin de cuentas, para producir las mercancías, lo esencial es la fuerza de trabajo del proletariado y lo no esencial es la ociosidad de la burguesía.

El reformismo ha aceptado ya esta división espantosa entre las actividades productivas, pero no se ha detenido allí. De millones de trabajadores “no esenciales” que deberían encerrarse, la cuarentena solo puede servir a los que todavía no se han contagiado del virus, es decir, para los millones de infectados esta medida ya no tiene ningún sentido. La cuarentena no es un tratamiento para los enfermos, el reformismo ya los ha condenado a muerte mientras exige el confinamiento. Se han olvidado de los medicamentos, de las camas de cuidados intensivos y se han desentendido sobre todo de la única forma que realmente podría salvar miles de vidas como es el hallar la cura y una vacuna. Una lucha por la cuarentena no le conseguirá los medicamentos ni el tratamiento que serviría para los infectados graves, mucho menos para salvar a las personas que siguen muriendo por todas las demás enfermedades que padecen y que terminan afectando más al proletariado y que estos hipócritas han condenado a la muerte inminente.

La cuarentena es tan limitada que a través de ella no se puede ni redirigir la producción a las necesidades más apremiantes en estos momentos. Nuestros enfermos seguirán muriendo sin atención médica, sin servicios especializados y sin ninguna forma de acelerar el descubrimiento de alguna cura. Y el resto de la población seguirá a la merced del contagio masivo que ni la cuarentena más estricta ha podido detener mientras no se pongan los recursos a la disposición de la ciencia médica para hallar en el menor tiempo posible una cura. La expropiación de la burguesía para disponer de estos recursos es la clave para dirigir la producción, para enfrentar efectivamente la pandemia. La gente que se contagia y necesita atención inmediata no le sirve la cuarentena, le sirven los recursos médicos urgentes. El reformismo que pide la cuarentena no tiene nada que ofrecerle. De esta manera el reformismo maquilla una cuarentena burguesa con una “cuarentena obrera” al servicio de la burguesía.

Del virus a la enfermedad del reformismo.

El virus no solo puso al descubierto el colapsado sistema de salud, con él se sacaron la máscara los reformistas y solo dejaron frases en su programa de la contrarrevolución. El marxismo ha podido ser capaz de prever la lucha de las masas que se han empobrecido, mientras el reformismo tomaba la cuarentena como fuerza motriz de acontecimientos revolucionarios, de allí su consigna que podría resumirse en: ¡Las mejores condiciones para la cuarentena del proletariado!, la realidad nuevamente les ha dado la espalda. Contrarias a sus “predicciones”, las masas han presentado batallas que se han elevado a revoluciones justamente por los efectos de las cuarentenas mundiales, por el hambre del confinamiento. No podría ser de otra manera bajo el capitalismo. La cuarentena como “consigna de transición” ha fracasado. La revolución que nos prometieron que continuaría por los espacios virtuales llegó a las calles, no solo antes que ellos, sino contra ellos, contra su programa de “detener la revolución” de la calle por “un tiempo” para salvarnos del holocausto pandémico. Las luchas de EE. UU., Líbano, Serbia y Chile entre otras han sido cobardemente ocultadas o falsificadas, mientras todavía hablaban del norte de Italia o de las maquilas de México.

Es que, ¿cómo iba a ser posible que una consigna por el confinamiento masivo triunfara en las calles y se desenvolviera en insurrección de masas? Incluso más allá de la contradicción formal que esto representa, los levantamientos espontáneos que llegaron más lejos fueron producto de las condiciones de desempleo y hambre ocasionadas precisamente por la cuarentena o por el orden impuesto para hacer cumplir las restricciones.

La muerte de Giovanni López en Guadalajara, y como extensión de las revueltas en EE. UU., provocó fuertes protestas en el Estado de Jalisco y en la Ciudad de México. Mientras los reformistas seguían pidiendo la cuarentena, las manifestaciones rompían con las restricciones y ganaban las calles a pesar del confinamiento. Y es que si el abuso policial del régimen provoca la muerte ¿de qué sirve entonces cuidarnos del virus? ¿Para qué la cuarentena si los feminicidios diarios van en aumento? Justamente cuando las masas pierden el miedo ante el enemigo que lo asesina es que avanzan las revoluciones.

Lo que se denuncia en las fábricas al norte de México son las condiciones de salubridad, ya que hasta los mismos trabajadores entienden que no pueden dejar de trabajar porque eso implicaría el hambre para sus familias. Lo que pasa es que la burocracia sindical extorsiona a las masas imponiéndoles la cuarentena como única medida para salvar su vida. Ya hemos revisado las cifras de accidentes laborales y el trabajador sabe que puede morir por esas causas, pero a pesar de eso sigue trabajando porque sabe mejor que nadie que el hambre es mucho peor que las negligencias patronales y las distintas enfermedades que lo aquejan.

Es que contrariamente a lo que piensa el anarquismo, las masas tienen direcciones que elaboran sus consignas y que terminan expresadas en las más diversas formas reaccionarias. ¿La burguesía aprovechó la cuarentena? No, ella aprovechó la pandemia para decretar la cuarentena. Esta medida ha sido proclamada por la burguesía como la mejor forma de proteger la salud.  La burocracia obrera como su fiel sirviente ha repetido este discurso y sin dudar nos ofrece la misma medida solo añadiéndole algunas críticas, pero sosteniendo el régimen del confinamiento masivo. La cuarentena no es una medida que las masas instintivamente demandan como nos quiere hacer creer el reformismo. Todos los trabajadores saben que para vivir tienen que romper forzosamente cualquier aislamiento y ante esta realidad exigen la protección de su salud, pero la burocracia y la aristocracia obrera falsifican esta lucha legítima y la convierten en una demanda reaccionaria por la cuarentena.

Así vemos por ejemplo que un dirigente de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) de Guanajuato expresaba: “La instrucción fue muy clara que toda la industria que no fuera esencial tuvo que haber parado de acuerdo al decreto y la industria automotriz no era esencial, cosa que a lo mejor podemos diferir un poco en esa situación, pero en fin, la ley no está para negociarse y es muy claro que no deben trabajar”.

En ese mismo sentido, en Ciudad Juárez (Chihuahua) donde las maquilas se resistieron al cierre masivo, la abogada Susana Prieto, perteneciente al Sindicato Nacional Independiente de Trabajadores de Industrias y Servicios (SNITIS), declaraba: “Esta pandemia no terminará el primero de junio por la irresponsabilidad de la industria maquiladora. La curva del contagio no se va a aplanar porque las factorías no han suspendido actividades; para eso era la cuarentena, pero en Juárez no pararon y nunca van a poder bajar la curva de contagio ni el índice de mortalidad”. Al igual que estos el SNTE y CNTE e infinidad de gremios llamaban a la cuarentena junto a los más variados partidos del movimiento obrero. De derecha a izquierda, explícita o entre líneas el reformismo exigía el cumplimiento de la cuarentena y el respeto a la división capitalista de las actividades.

Contrario a unir las luchas, la demanda de cuarentena divide al proletariado al aceptar que deben permanecer fuera de ella por lo menos los que trabajan en las llamadas actividades “esenciales”. Pero levantar la consigna de cuarentena para evitar contagios implica también dejar fuera de la lucha al proletariado desempleado y que quiere trabajar para comer. Para los 15 millones de despedidos la cuarentena no es ya ninguna opción.

Por otro lado, los que se quedaron trabajando saben que no pueden dejar sus puestos porque la burguesía no les garantizará ni medio centavo, para estos también es peor el hambre mientras soportan la superexplotación de sus fuerzas. Así lo manifiesta un obrero de la fábrica de Lear mientras viene recibiendo solo un porcentaje de su salario: “Yo volvería por cuestiones económicas, porque me quedaría sin dinero. Pero no porque estuviera seguro en regresarme”. Solo la burocracia podría tener algo en una medida como la cuarentena como parte de sus privilegios de capa aristocrática del proletariado; así, por los intereses de su condición social queda unida a los intelectuales pequeñoburgueses que dirigen las organizaciones del proletariado.

El hambre es la pandemia que unifica al proletariado y al pueblo pobre, las demandas por mejores condiciones de trabajo, de salud y de vida enlazan a las mayorías mientras la cuarentena las divide y las paraliza para la acción conjunta.

Si la cuarentena fue a la medida de los intereses de la burguesía, el regreso a la “nueva normalidad” del gobierno de AMLO es usado para profundizar la sobreexplotación y sobreendeudamiento de los más necesitados mientras inyectan millones a las empresas. En abril el Banco de México facilitaba 30 000 millones de dólares al sector financiero para otorgar préstamos a las pequeñas y medianas empresas mientras que a las familias el gobierno del daba una miserable despensa o adelantos de los bonos escolares que les correspondían. Esto mientras se sostiene el monopolio alimenticio y farmacéutico que se profundizará con la reciente firma del del T-MEC quedando más subordinados a Estados Unidos, garantizando así la mano de obra barata en la producción de mercancías destinadas para la exportación a la potencia norteamericana y seguirá quebrando el campo mexicano.

Esta política nada tiene que ver con la salud, en momentos cuando el foco epidémico se traslada a América Latina y los gobiernos de esta región comienzan a reactivar la economía con el desconfinamiento progresivo. Y, sin embargo, el desconfinamiento mundial no ha ocasionado las “revoluciones por la cuarentena” que podría esperar el reformismo, y es que el hambre ha resultado terriblemente peor. Estos reformadores del capital callan frente a los nuevos combates que inician las masas como en Líbano, Chile, EEUU, Serbia y hasta en México, olvidan las consignas que levantaron el día de ayer, se reacomodan ante los nuevos acontecimientos. Pero para estos tampoco habrá perdón ni olvido de sus traiciones. Los hechos han destrozado sus programas. El proletariado, constantemente amenazado por pandemias, salió a las calles a pesar de esta, pero contra un enemigo más mortal que un virus que necesita un organismo vivo para afectar; salió para tener el lujo de que sus hijos por lo menos no mueran de hambre.

¡A pesar del virus, la lucha continúa!

Ante esta situación que va abriendo el camino a más levantamientos revolucionarios se hace necesario un plan de lucha real. La burocracia y el reformismo han salido de manera improvisada frente a estos embates; con esta política a favor de la cuarentena las protestas en Jalisco fueron conscientemente aisladas. Cualquier lucha fue desorganizada, incluso impotente hasta para defender a sus líderes como sucedió con la detención a la abogada Susana Prieto. Por su parte el anarquismo también fue cómplice de esta política de confinamiento. Basta saber con que esta tendencia no confía en el movimiento de masas y no las necesita para sus acciones aisladas y, sin embargo, solo salieron a las calles cuando las masas de Jalisco dieron el primer impulso.

Los organismos de masas del proletariado deben poner en pie un frente de lucha contra el hambre y la enfermedad, romper con su pasividad y negación de la lucha tras su apoyo a la cuarentena. El camino de lucha ha sido marcado en esta región por el proletariado norteamericano incendiando los edificios policiales que en nuestros países garantizan los estados de emergencia y las restricciones políticas a favor de la burguesía. Los regímenes en nuestras naciones oprimidas se sostienen por el aparato policial-militar que ya han matado campesinos y reprimido a los jóvenes que salen a las calles a luchar y que bajo estados de emergencia los barrios proletarios son masacrados.

La lucha por el derecho al trabajo debe ser una consigna urgente para los desempleados, ambulantes y migrantes que se les niega el derecho a sobrevivir. Se debe pelear por salarios y empleo móviles para repartirlo entre las manos desocupadas. Huelga, ocupación y expropiación sin pago de las empresas que recorten personal y dejen a familias en la miseria empezando por los supermercados para garantizar los alimentos. Reparto agrario sin pago de las grandes tierras en beneficio de los campesinos despojados, expropiación del monopolio del agua bajo control de trabajadores y el pueblo pobre. ¡Abajo el T-MEC, el TLC y la deuda externa!

Por comités barriales que unan a los trabajadores ocupados con los desempleados para garantizar el abastecimiento de los recursos básicos, y que se conviertan en verdaderos embriones de poder proletario debidamente resguardados para enfrentar la represión de los granaderos y la guardia Nacional de Obrador. Derecho político para los soldados que ahora patrullan los barrios populares.

Que los dirigentes reformistas rompan su subordinación al gobierno de AMLO y organicen una lucha con independencia de la burguesía, sus jueces y fiscales. ¡Basta de la subordinación a la Secretaría del Trabajo!

La lucha contra el COVID-19 empieza con la expropiación, sin pago y bajo control de sus trabajadores, de todos los hospitales, farmacéuticas y laboratorios privados del país. Para salvar a los ya infectados necesitamos salir a las calles rompiendo con toda cuarentena, para unificar a los trabajadores sanos y enfermos, “esenciales” y “no esenciales”, fabriles y ambulantes, en una sola gran lucha contra el gobierno bolivariano de AMLO. ¡Aquí los únicos “no-esenciales” son los patrones y sus agentes reformistas! ¡Basta de dividir las filas del proletariado!

Esta lucha, a pesar del virus y contra toda cuarentena que nos aleje de la calle, debe desarrollarse no solo hasta conquistar la caída del gobierno de AMLO sino la destrucción misma del Estado burgués y todas sus instituciones para reemplazarlas por la dictadura revolucionaria del proletariado sostenida por sus propios organismos de lucha y con el apoyo de todo el pueblo pobre. La revolución proletaria debe extenderse a toda América Latina, pero sobre todo a EEUU, donde los explotados ya están en pie de lucha. Solo con su extensión mundial el socialismo podrá vencer de forma definitiva.

Los proletarios sabemos además que necesitamos una verdadera dirección revolucionaria para triunfar; bajos las consignas y banderas del reformismo es imposible la victoria, necesitamos refundar el único partido que servirá de guía para la acción. Refundemos la Cuarta Internacional y recuperemos las ideas fundamentales del Programa de Transición. Solo con esta arma el proletariado sabrá encontrar el camino para conquistar sus más urgentes demandas.


[1] Cifras del INEGI.

[2] https://www.forbes.com.mx/fallecidos-covid-hipertension/

[3] Los estudios se hicieron con grupo de fallecidos, en Reino Unido e Italia se analizaron cerca de 4 mil muertes. Italia (https://www.epicentro.iss.it/coronavirus/sars-cov-2-decessi-italia), Reino Unido (https://bit.ly/2OBvUTm)

[4] Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, INEGI 2018.

[5] https://www.who.int/bulletin/volumes/97/5/18-217612-ab/es/

[6] El R0 es el factor de contagio. Cada persona que posea sarampión puede contagiar a 18 más.

[7] Bhatt, S., Gething, P., Brady, O. et al. The global distribution and burden of dengue. Nature 496, 504–507 (2013). https://doi.org/10.1038/nature12060

[8] https://politica.expansion.mx/mexico/2020/04/16/por-que-mexico-tiene-un-mayor-porcentaje-de-hospitalizados-por-covid-19

[9] https://coronavirus.gob.mx/datos/#DOView. Consultado el 26/07/2020.

[10] https://www.informador.mx/mexico/Mexico-enfrenta-pandemia-con-deficit-de-camas-hospitalarias-20200326-0141.html

[11] https://ciep.mx/wp-content/uploads/2020/06/Gasto-en-Infraestructura-CIEP-Jun_22_2020-v2.pdf

[12] Estas cifras de accidentes laborales solo incluyen a los registrados por el IMSS dejando fuera a cientos de accidentes no registrados de trabajadores que se encuentran en otros sistemas de seguro social o que simplemente no están afiliados a ninguno. Así mismo, la cifra no incluye a las enfermedades laborales ni accidentes en el trayecto al trabajo que el propio Instituto lo considera para su conteo total de riesgos de trabajo.

[13] En la columna de recuperados se han restado los muertos que, para esta universidad, son contados como “recuperados” porque ya no pueden contagiar. Este tipo de datos son utilizados básicamente para determinar el nivel de contagio y no están destinados a seguir el porcentaje de recuperados reales.

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