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LA CLASE OBRERA BRASILEÑA HACE TAMBALEAR EL GOBIERNO DE TEMER

La presente declaración es el resultado de semanas de análisis y discusión entre el NRCI y el camarada Augusto Franco, simpatizante de nuestra organización con quien hemos iniciado una sana discusión política de nuestro programa internacionalista sobre la base de la defensa de los principios del marxismo de Lenin y de Trotsky y sus camaradas de la Cuarta Internacional, organización que peleamos por refundar.


Brasil vive una de las peores crisis políticas de su historia. El Presidente Michel Temer es acusado de autorizar al empresario Joesley Bautista, dueño de la empresa cárnica JBS, el pago de un soborno al expresidente de la Cámara de Diputados Eduardo Cunha, hoy preso por delitos de corrupción, lavado de dinero y evasión de divisas. Este soborno sería a cambio de conseguir su silencio sobre los hechos de corrupción en la que está involucrada la empresa estatal Petrobras, que ahora tiene sus activos en remate[i]. Aparte de esta grave acusación, existen documentos donde Joesley Bautista afirma haber entregado sobornos a Michel Temer desde el 2010. Según las declaraciones del empresario Bautista, estas coimas habrían sido a cambio de “favores” en el Ministerio de Agricultura (permitir la venta de carne podrida). Y es que no pasa mucho tiempo para que salga a la luz un nuevo hecho de corrupción, que demuestra que el capitalismo está tan o más podrido que la carne que exporta Brasil.

Cuando todavía está fresco el escándalo de Odebrecht vinculado directamente al PT de Lula y Dilma, ahora vemos como su antiguo vicepresidente de gobierno, Temer, también tiene sus propios negociados turbios. El escándalo de la carne podrida ha golpeado una de las principales exportaciones de Brasil (segundo productor mundial), en momentos donde su economía sigue paralizada por la recesión. Chile, China, Corea del sur y la Unión Europea han prohibido la entrada a sus países de la carne brasileña golpeando directamente su economía. Ninguno de los partidos en el gobierno ha podido librarse de los escándalos, cientos de funcionarios son investigados, desde el “Partido de los Trabajadores” de Lula al “Partido Movimiento Democrático Brasileño”, al que pertenece el actual presidente Temer. Y mientras los partidos burgueses se hunden en los escándalos, la burocracia sindical paraliza las fuerzas del proletariado buscando resucitar el cadáver del Frente Popular de Lula y Dilma.

Esta crisis política se da en el marco de una profunda crisis económica mundial iniciada a mediados del 2007, crisis que ha impactado terriblemente sobre el país, convirtiéndola en la peor crisis de su historia. En la actualidad se cuenta ya más de 14 millones de desocupados[ii] y registra la primera deflación (caída de precios) en 11 años[iii], sin embargo, Temer ha declarado que “la crisis económica no existe” en Brasil. En medio de esta inestabilidad política y económica, el gobierno brasileño quiere hacerle pagar la crisis a los trabajadores a través de ajustes al gasto público. A esto hay que agregar que Michel Temer ha presentado dos proyectos para reformar el sistema jubilatorio y la ley laboral. Estas medidas planteadas por el gobierno de Temer son completamente perjudiciales para la clase trabajadora. El gobierno brasileño busca aumentar la edad de jubilación de 62 a 65 años exigiendo el incremento del tiempo de cotización de 15 a 25 años. Esto afectaría a los trabajadores brasileños porque les sería más difícil acceder a una jubilación. La reforma de la ley laboral busca facilitar la contratación de trabajadores por determinadas horas a la semana y aumentar de 90 a 180 días los contratos temporales. Es decir, terminar de liquidar la estabilidad laboral del obrero brasileño, que el Frente Popular del PT también desprotegió.

Como era de esperarse estas medidas adoptadas por Temer han desatado una serie de luchas de la clase obrera que tuvo su máxima expresión en la “huelga general” del 28 de abril, la movilización del 24 de mayo denominada “Ocupa Brasilia” y la segunda “huelga general” del 30 de junio. Durante estas jornadas de lucha las direcciones de los principales sindicatos no estuvieron a la altura de las circunstancias. Una muestra de esto es el caso de CSP-Conlutas dirigida por los morenistas de la LIT-CI. Si bien la dirección de este sindicato levantaba la consigna “Fuera Temer”, al mismo tiempo levantaba la consigna lulista de “elecciones directas ya”. Es decir, no se trataba de una verdadera huelga general que en las condiciones actuales solo puede ser revolucionaria, sino solo de una paralización económica de presión para garantizar una salida burguesa a la crisis. La burocracia de izquierda de Conlutas no se distingue en lo esencial de la burocracia de la CUT, UGT y demás organizaciones sindicales que frenan el desarrollo de la lucha de clases en Brasil.

Por otro lado, corrientes como el PTS de Argentina, que también tiene satélites en Brasil, hablan de “asamblea constituyente, soberanía nacional y reforma agraria” pero sin plantear seriamente que nada de esto puede conseguirse por las vías parlamentarias, ni en Brasil, Argentina u otra parte del mundo. Por el contrario, los campesinos sin tierra pueden esperar cualquier cosa menos una solución pacífica, como ya se ha demostrado el 19 de abril cuando fueron salvajemente asesinados nueves campesinos pobres mientras hacían homenaje a los caídos de la masacre de Eldorado dos Carajás de 1996. Justamente, una semana después, una manifestación campesina, terminó en fuertes enfrentamientos con los perros uniformados del Estado, obligando a los trabajadores del campo a defenderse con sus armas tradicionales, llegando a incendiar instituciones de la burguesía.

Los trabajadores están buscando una salida obrera a la crisis, pero sus direcciones oportunistas están impidiendo esto. La burocracia sindical pretende rebajar sus demandas a petitorios de migajas, por el contrario la lucha de los trabajadores no se puede limitar a la eliminación de los contratos basura, sino debe tener como banderas la reducción de la jornada para dar más trabajo sin reducir el jornal, y el aumento del salario al nivel del costo de vida real. Millones de familias obreras hacinadas en las favelas o simplemente durmiendo en la calle, tienen una solución inmediata en la expropiación sin pago de las grandes constructoras corruptas. Sin embargo, la lucha no se debe limitar a las ciudades debe convocar también a los campesinos para forjar una sólida alianza contra las transnacionales que explotan su trabajo y sus tierras, contra el pago de la fraudulenta deuda externa, y por la expulsión de las bases militares del imperialismo instaladas en Brasil y todo el continente.

El proceso revolucionario latinoamericano se encuentra en una encrucijada histórica. Las direcciones reformistas del proletariado se encargaron de impedir el desarrollo de una verdadera huelga general, es decir, una que incluya el levantamiento revolucionario de los soldados rasos y la puesta en pie de milicias. De esta forma, si bien no pudieron evitar la caída de varios gobiernos, salvaron al Estado burgués de su descalabro, imprimiendo un ritmo “lento” al desarrollo de la lucha de clases en América Latina. Uno de los principales factores que explican el éxito de esta contención reformista es la restauración capitalista en Cuba y los antiguos Estado obreros burocratizados. Sin embargo, esta contención no puede sostenerse indefinidamente. Sobre todo en países donde cayeron gobiernos (Venezuela, Bolivia, Ecuador y Argentina), el ritmo de la lucha de clases está cambiando o puede cambiar violentamente, conduciendo a insurrecciones revolucionarias o golpes contrarrevolucionarios. Evidentemente, toda insurrección que no conduce a la dictadura del proletariado y a su extensión a otros países (sobre todo avanzados), está condenada a la degeneración y el fracaso.

En países como Brasil, es posible que la contención reformista se sostenga un tiempo más y, por esta razón, la táctica más ajustada a su ritmo político es la pelea por los soviets, por la conquista de un congreso de todos los explotados del campo y la ciudad, reguardado por comités de autodefensa, en el que participen también delegados de los soldados rasos reivindicando sus derechos políticos, para centralizar, extender y profundizar la lucha contra el gobierno de Temer. En oposición a este programa revolucionario de transición, la izquierda reformista (PC, PSOL, PSTU, etc.) llama a la huelga “general” sindical y pacífica, con el fin de desarmar a los trabajadores y crear falsas ilusiones en las instituciones y elecciones del capital. Estos mismos reformistas han venido sembrando falsas esperanzas en los gobiernos burgueses bolivarianos, distanciándose de la lucha en Guyana Francesa, al norte; en Paraguay, al sur; y en todo el continente. La clase obrera se ve oprimida por un mismo sistema que la explota en diferentes idiomas y dialectos, pero que le impone las mismas calamidades, y por esta razón la unidad de la revolución latinoamericana con la árabe (Túnez, Libia, Siria, etc.) y la europea (Ucrania, Grecia, etc.) es la clave internacionalista de su victoria.

Cien años de lucha de clases han demostrado que las masas necesitan de una dirección revolucionaria para poder superar la contención de los aparatos reformistas. Contra el idealismo anarquista, los trotskistas planteamos con claridad que la crisis de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección política del proletariado. Y aunque ciertamente, como dijo Trotsky, no se puede improvisar un partido para la toma del poder, sin embargo, sí es posible intervenir de forma audaz en rupturas centristas de viejos partidos, que permita orientarlas hacia el triunfo de la revolución socialista mundial. Por esta razón, la principal tarea de los revolucionarios en Brasil y todo el mundo, es la refundación de su partido, la Cuarta Internacional.


Notas

[i] El Cronista, “Petrobras cerró la venta de sus activos en Chile a un inversor argentino”, 6-1-17.

[ii] Telesur, “Desempleo en Brasil alcanza a 14,2 millones de personas”, 28-7-17.

[iii] Efe, “Brasil registra la primera deflación en 11 años y la mayor en casi dos décadas”, 7-7-17.

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